Jornada ‘Rompiendo estereotipos’

Jornada ‘Rompiendo estereotipos’

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En la Jornada organizada por autismo BATA en Pontevedra, el 18 de Febrero de 2017

http://www.farodevigo.es/portada-pontevedra/2017/02/19/asociacion-bata-rompe-estereotipos-autismo/1626564.html

Indignos

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Hace unos días César me enseñó un nuevo uso de la palabra ‘indigno’. Dice que todos elaboramos indignos en nuestras vidas. Se llaman así las personas a las que no consideramos aptos para estar a nuestro lado, para compartir nuestro tiempo o nuestro espacio. Les tratamos mal sin saber quiénes ni cómo son; simplemente por el hecho de que los hemos catalogado. Un indigno no nos vale; no lo queremos cerca. Lo despreciamos, simple y llanamente.

Crear un indigno es algo que hacemos de forma personalísima, fuera de raciocinio alguno al respecto. He aquí un individuo que de algún modo entra en nuestro círculo de relación, y sin cruzar más allá de una mirada o dos palabras, ya recibe el título, y es tratado como tal.

Luego contaré el final de la historia. Ahora me quiero parar a reflexionar sobre cómo la sociedad cataloga al diferente de ‘indigno’. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, indigno es todo aquel inferior a la calidad o mérito de alguien. Con demasiada frecuencia la sociedad considera al diferente como inferior. No importa si ese diferente lo es por raza, por cultura, por estatus o por discapacidad. La generalidad se constituye en paradigma y todo lo que no se ajusta al patrón nos produce, como mínimo cierto repelús.

Mil veces he experimentado el momento en que pasas de ser uno más a convertirte en un indigno. Sucede cuando, armándote de valor dices en un entorno social: yo no soy como vosotros, yo soy autista. Automáticamente pasas a ser observado con recelo. En un momento, la complicidad que te incluía en el grupo se transforma en distancia. Te has convertido en un ser transparente, humo entre los que te rodean.

No estoy siendo derrotista, no me vengan con cuentos sociales. Lo cierto es que esto que yo describo, no deja de enmascararse, de tal forma que hay gente que mira al suelo o detrás de tu cabeza, otros sonríen sin saber que pone cara de bobos, otros al fin, te dan una palmadita como para insuflarte ánimos para que puedas soportarte a ti mismo. Vivimos en una sociedad tan hipócritamente correcta que encontramos labios que dicen ‘no importa’ a la vez que los ojos dicen ‘indigno’.

Sin embargo, César me ha dado una buena noticia: es la actitud lo que etiqueta de indigno a una persona y es también la actitud la que deshace esa etiqueta. Lo que pasa es que hay que trabajar, para ver al otro con sus ojos y no con los nuestros; para comprender su valor; el suyo, que no el que nosotros le daríamos. Hay que desnudarse y mirar de frente. Hay que cuestionarse a uno mismo y a lo mejor, solo a lo mejor, delante de nosotros empiezan a desaparecer los indignos y aparecen seres humanos diversos, perfectos en su diferencia, repletos de belleza y dignidad aunque no se parezcan a nosotros.

Con otra actitud, no hará falta poner una distancia entre mi ‘yo’ perfecto y el ‘tú’ defectuoso. Con otra actitud sobrarían las caridades y las compasiones y crecerían los derechos, el aprovechamiento de las capacidades diferentes, y seguramente, tendríamos una sociedad no sólo más justa sino también más productiva, más eficiente y mejor para todos.

Mas aun nos queda lejos la utopía, aunque yo me niego a eliminarla del todo en mi horizonte. Y les animo a que cambien sus indignos por iguales cambiando, simplemente su actitud.

Gracias César, por tu lección.

Lo que ser asperger me ha enseñado

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La mayoría de las personas piensan que una discapacidad es un castigo, algo que hace que la vida sea difícil. Tienen razón, aunque solo en parte. Porque todo depende de la actitud. Dentro del mundo del autismo he conocido personas que han puesto el foco en las dificultades. Un día sí y otro también. Han pasado depresiones, intentos de suicidio, soledad y angustia. Yo también. Creo que todos los que tenemos la condición de autista hemos pasado en mayor o menor medida por ello; incluso aquellos a los que su discapacidad intelectual les hace difícil comprender su naturaleza. Yo creo que en buena parte, esas disfunciones derivan de tu deseo de comunicar y de la dificultad para hacerlo, de tus fracasos y frustraciones a la hora de dar y recibir afectos y amor, y a la hora de percibir las propias emociones y de comprender las de los demás.

Un día dije ‘basta’ y decidí cambiar mi actitud. El tomar conciencia de mi naturaleza, diferente a la mayoría, me ha enseñado muchas cosas. Por ejemplo:

  • A observar mi entorno y a las personas que me rodean. He comprendido que hay muchos tipos de personas, incluso entre los que se llaman a sí mismos ‘normales’. Y he visto que eso no es malo, sino algo fantástico; algo por lo que hay que luchar y que nos están quitando poco a poco en esta sociedad en la que somos poco más que zombies que seguimos una directriz sin cuestionarnos siquiera cuál es.
  • Me gusta encontrar gente diversa. Que viste de forma que yo no lo haría nunca; que piensa diferente a mí y que cree, igual de firmemente que yo, en lo que piensa. Personas que hacen ruido y son felices haciéndolo. Me hace sonreír ver cómo se tocan, se abrazan, se apretujan en cualquier sitio; aunque yo eso no lo haría.
  • He aprendido a ser tolerante. Ese es el resultado de mi lucha de años contra la inflexibilidad asperger. He llegado a la conclusión de que si he pasado gran parte de mi vida, y pasaré el resto que me queda, luchando por que me acepten y por que me dejen ser lo que soy, y además expresarlo abiertamente, ¿cómo no voy a defender que los demás que sean como les apetezca y además disfrutar con ello?
  • He aprendido a querer a las personas aunque piensen justo lo contrario de lo que yo pienso y a no darle importancia a la diferencia. Esto me ha servido para evitar conflictos y confrontaciones inútiles. Dado que el enfrentamiento es algo tan molesto y tan difícil de manejar por una persona TEA, será mucho mejor dar las batallas (pocas) inevitables, o con visos de tener un fin útil.
  • Por último, he aprendido también algo importante, aunque no sé si tan de color de rosa como lo que he contado hasta ahora (¿he contado cosas de color de rosa?). He aprendido a ser indiferente, y a disfrutar con ello. Consiste en sacar de mi vida, de mi foco de atención, a aquella cosa o persona junto a la que puedo sufrir inútilmente; aquella con la que nunca podrá existir un diálogo o un respeto, aquella que nunca va a poder entender que soy como soy y que eso no puede cambiarse ni con terapias psicológicas ni con pastillas psiquiátricas. Me he dado permiso para decir ‘no cabes en mi vida’ y no sentirme mal tras haberlo hecho.

Creo que el síndrome de asperger me ha dado más luces que sombras, y me da mucha pena cuando veo que padres y terapeutas se enfrentan al autismo como a una hidra de siete cabezas a la que hay que mutilar a lo largo de toda una vida de esfuerzo, que podría invertirse en intentar ser feliz con lo que se tiene. Me gustaría pedirles a ellos en particular, y a los llamados normales en general, que se observaran durante diez minutos en el espejo; detalle a detalle, poro a poro, arruga tras arruga: la lorza que cuelga, la celulitis aquí y allá, la asimetría que te hace feo de solemnidad. Y que se rieran, que se rieran mucho de su divina imperfección. Después les pediría que abrazaran a alguien que se dejara abrazar; y se dijeran, llorando de risa: ‘está bien esto de ser como soy’.

Yo me digo cada mañana: ‘Muchacha, eres perfecta tal como eres, no dejes que nadie venga a discutirte esto’. Después cierro la puerta del ascensor y salgo al mundo, a ver qué pasa.